EL REGALO A LA REINA
La teja romana pintada
Entre los escritos de mi padre sobre nuestra genealogía aparece una figura destacada: su abuelo materno, Alberto González Gutiérrez. Puede que su nombre no resulte conocido a nivel general, ya que es uno de esos personajes que, pese a su importancia, apenas han trascendido fuera de León.
Fue un gran pintor y vidriero de la catedral de León, uno de los edificios más emblemáticos de España, declarado Monumento Nacional en 1844. En otro artículo profundizaré más en su vida y obra, pero en esta ocasión quiero centrarme en una historia concreta que conecta directamente con su legado.
Todo comenzó con un documento que mi padre conservaba: una copia de una carta oficial firmada por el “Caballerizo y Montero Mayor, Mayordomo Mayor interino de S.M.”, fechada en Palacio el 9 de julio de 1888.
En ella se agradecía a D. Alberto González Fernández una teja romana pintada y dedicada a S.M. Este detalle resultó fundamental, ya que contenía un error en el apellido: en realidad se trataba de Alberto González Gutiérrez, siendo “Fernández” el segundo apellido de su padre. Este aparente error fue la clave que permitió relacionar el documento con mi antepasado y continuar la investigación.
A partir de esa carta comencé la búsqueda sobre dicha teja. Como en muchas otras ocasiones, recurrí a la prensa histórica, donde encontré información relevante. Entre ella, destacaba especialmente una descripción detallada de la pintura:
En una teja romana que regaló a S.M. pintó en su anverso un busto del emperador Caracalla pintado.
Al pie de aquel busto, de majestad más acentuada y de severidad más propia por efecto de nuevos retoques, se ve un episodio del circo romano, que labor es de notar allí, en primer término, y como de mérito singular por lo muy subido, la figura de un caballo de lidia, cuyo pecho, turgente a manera de formidable intrépida proa, desafía enconos de la fiera taurina, que le arremete.
Encabritado con bravura, erguido el cuello con arrogancia; resoplando la nariz; los ojos amenazadores y candescentes, y el todo compuesto y enervado con sin igual firmeza, hacen de él la verdadera traducción del corcel, que tan magistralmente idealizan bizarría y denuedo envidiable.
Y está en apostura y luce formas de distinguido atleta. Yace sobre la arena un gladiador que, muerto, tan vivo en la expresión de la furia y el tono de la imperturbabilidad, que revelan su pecho lleno y miembros aún briosos.
La res está en actitud, punto y continente apropiado. Y actores y espectadores, y circo, y luz ambiental, todo parece tan hecho en corrección como puesto en armonía.
Con estos datos, me dirigí al Patrimonio Nacional para consultar si existía una obra con esas características. La respuesta confirmó lo que buscaba: en sus fondos se conservaba una teja romana pintada al óleo representando una escena de circo.
Sin embargo, figuraba catalogada como obra anónima española del siglo XIX (Nº Inv.: 10078362), lo que indicaba que su autor no estaba identificado.
Ante esta situación, volví a contactar con el museo aportando toda la documentación disponible: artículos de prensa histórica y la copia de la carta que conservábamos en la familia. Solicité que se revisara la autoría de la obra y se atribuyera correctamente a Alberto González Gutiérrez.
La respuesta fue inmediata. Desde el Departamento de Conservación de las Colecciones Reales del Palacio Real agradecieron la información facilitada. La documentación fue incorporada a sus bases de datos, corrigiendo así la catalogación de la obra, que dejó de figurar como anónima.
Este proceso no solo permitió recuperar el nombre del autor, sino también devolver a mi familia una parte de su historia.
Porque, al final, la genealogía no consiste únicamente en recopilar datos, sino en rescatar historias y reconocer el lugar que cada persona ocupa en la historia.
Dad al César lo que es del César.


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